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Para deshacerse de la enfermedad

Era un domingo en la noche.

Con una llovizna, que llevaba ya tres días, y con un anuncio por parte del gobierno sobre la posible suspensión de actividades, un misterioso anciano pasea dentro de la clínica. Arrugado, cara de momia, brazos marcados, piel tostada. En su mano derecha sostiene una lámpara y en la otra cigarros. Solitario por vocación, el viejo revisa que los extintores estén cargados, la ventilación funcione, el inventario de comida esté al corriente, las jaulas estén en su lugar, las drogas tranquilizantes y otros materiales bioquímicos estén en un lugar adecuado. Los pasillos evocan el calvario. Los demás entes dentro del lugar son espíritus de la noche esperando juicio por el creador.

– Y tú ¿Por qué estás aquí, café?

– Fue hace unos días. Me trajeron aquí anestesiado, amarrado y con una pelota de juguete. Mi ama falleció. Tenía 89 años. Le faltaban 3 semanas para que llegara a los 90. Vivía sola. Su familia no la visitaba. Los recuerdos son facturas que se cobran tarde o temprano. Nunca supe cuando su amante murió: yo sólo llegué ahí para suplir esa carencia, pero entre más convivía con mi ama, más sola se sentía. Ahora estoy aquí, en un cubo de 50 centímetros por 30 centímetros, aun cuando me tapo los ojos con las orejas o con mis patas. Te puedo ver desde aquí.

– ¿Ya veo, pero porqué no te adoptaron en la casa de sus hijos?

– No lo sé. Son de esas cosas que no puedes comprender.

–Pobre de ti. Deberías preguntarle al amo de aquí afuera qué hacer.

Café desde la cola hasta las orejas, con manchas blancas en las patas, Orión observaba de frente a Rexxar. Profundidad de campo en blanco y negro, todavía se notan las líneas de las rejas en las prisión particulares. El anciano rodeaba por el lugar.

– Bueno, ¿y tú por qué estás aquí, fuerte, macizo, mi querido guardián?

– Llegué hace dos meses a esta prisión. Me criaron desde cachorro para cuidar y defender. Está en mi sangre.

Estresado, con la lengua de fuera, Orión lo observa. Ladra.

– ¿Pero qué paso exactamente!

– Un fin de semana estaba suelto dentro de una bodega que se dedica a guardar y vender plásticos, nailon y algodón. Un sábado por la tarde, unos jóvenes se metieron al lugar: Se saltaron para ir por su balón de futbol, y cuando dos de ellos bajaron, me desperté. Corrí con fuerza y me le puse enfrente. Les saqué los colmillos. Entonces uno de ellos me aventó una botella de metal que estaba sobre una mesa. Tomé impulso y ataqué al más alto de ellos. Le mordí la cara y se la despedacé. Quedó sin rostro, como si una granada le explotara en la cara. El otro adolescente escapó. A las pocas horas entró el dueño. Lo miré de frente y cinturón me dejó inconsciente. Escuché mucho ruido poco tiempo después.

– Ya me imagino qué pasó.

–No, no lo sabes. Antes de llegar aquí fui llevado al hospital veterinario. Ladraba sangre, no tenía un colmillo, y me obligaron a comer comida con fibra de vidrio. Por poco muero, pero ahora que lo pienso mejor me hubiera petateado ahí.

–¿Por qué lo dices?

–Porque hice lo que tenía que hacer. Era mi trabajo, mi formación mi razón de vivir; ahora, maté a un ser similar a mi amo. No confíes en lo que ves, Orión.

– Si llegas a ver a tu ex dueño y ex entrenador, deberías preguntarles qué hacer.

Los dos orejones se quedaron un momento callados. Uno se cubría con sus grande orejas de bistec y el otro simplemente se rascaba. Los dos veían a su alrededor otros camaradas enfermos; unos apestaban y otros aullaban. En ese mismo momento un grito, con tono de dolor físico, rebota en toda la clínica. Los seres dentro de ahí guardan silencio. Huelen algo a través de ese grito. Sollozan. Uno segundos después aparece el anciano. Mueve algunas jaulas alrededor y golpea a unos perros; a otros los traslada a otros cuartos y a otros les da de comer.

Tres pulgadas arriba del piso, el anciano, con rostro desfigurado y ojos de botón, se toca el pecho: los seres dentro de la jaula sólo lo observan. Orión y Rexxar lo miran con lástima. Se dan cuenta de qué él, como todos los camaradas dentro de este lugar, tiene el mismo destino. Le ladran:

“Deberías preguntarle a tu amo qué hacer”.

Al día siguiente, bomberos, médicos, protectores animales, activistas y policía arribo al lugar. El lugar estaba quemado. Columnas y castillos pelones, manchas de carbón yacen en el piso y las paredes, como si el lugar fuera testigo de un rito satánico. Algunos cadáveres animales se encontraron en el lugar. Se encontró el cuerpo de un hombre de 70 años, quien tenía aún en el brazo izquierdo una pequeña herida debido a una inyección. Reconocieron que la víctima humana era el anciano que laboraba ahí: encontraron un par de dientes en el lugar. La autopsia reveló que el hombre padecía de un cáncer muy avanzado y que, según los peritos y las investigaciones, el incendió fue deliberado. Del mismo modo, la policía descubrió que poco antes del incendio, varios perros fueron liberados previo al siniestro. El lugar permanece cerrado y hasta el momento no se sabe cuando volverá a abrir sus puertas.

El Artista Contemporáneo

Érase una vez un artista contemporáneo que nunca tenía éxito en sus exposiciones. Ya había agotado todas la combinaciones posibles para colocar cajas de zapatos, cuadros de código HTML, y caca con iluminación de gases nobles dentro del museo más blanco, de techo liso, en el mundo.

Su novia cortó con él. Sus amigos dejaron de hablarle. “Soy un artista indomable”, decía. “De tu arte a mi arte, prefiero mearte la cara”, le contestó su mejor amigo antes de llevarse las botellas de vino y tequila del lugar.

Fue hasta que un día el joven –deprimido y angustiado–, fue al baño, se bajó los pantalones, colocó sus nalguitas en la taza, tomó un plumón de su bolsa, recargó el bolígrafo en el mosaico, trazó unos círculos, óvalos, líneas rectas: formó un gran pito. Recordó que nunca lo hizo en el pupitre de su escuela primaria. Firmó con un “putos todos”.

Desde ese momento aquel joven supo qué era la mimesis. Se dice que creó las pinturas más significativas de su generación.

El río

Del árbol caído, brota tristeza; es tu mirada.

La afluente no está muerta, sólo enferma,

inundada; de tus pensamientos.

Las hormigas corren a su montículo,

el cielo lanza flechas de agua y el viento titubea,

porque pienso en ti como si nunca fueras a volver.

Entre el pantano y el bosque, estoy,

hundiéndome en el fango.

La vida y la muerte, como cisnes y cuervos, pelean.

Me observan.

¿Te acuerdas del río a donde fuimos?

A ese río que no le importa lo que yo escriba;

desemboca en el mar, ese mar que tiene tu nombre.

Nuestras raíces se aferran, se entrelazan: se aferran; estoy

mojado de ti. Te desprendiste de la orilla del río,

me llevaste contigo,

y dijiste: “ahí estamos”,

reflejados, eterno reposo en movimiento.

Lo real,

como corriente de agua dulce,

salpica tu cuerpo sobre mí,

como peces fuera del agua.

Y cuando el ambiente,

era silencio y claridad, vida,

el cieno desplomó el árbol.

Y grité: “¡mira, amor!”, pero ya no estabas.

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